EL EMPERADOR DEL AIRE DE ETHAN CANIN: EPIFANÍAS DE ALTURA

Leí el “Emperador del aire” ya hace varios años  y debo confesar que me produjo una positiva contradicción. Por un lado mi inclinación  a leer novelas y cuentos que latamente ponían sobre el tapete todas las patologías psicosociales que son patentes en la sociedad norteamericana desde ya hace tiempo, pero que de alguna manera son reflejadas de manera potente por una camada de brillantes autores de fines de los 90 y 2000 como Moody, Foster Wallace, Palahniuk  o Eggers que por medio de una brillante pluma  angustiaban y presentaban el lado oscuro  de dicha sociedad de principio a fin en sus obras me producía placer. Por otro lado,   un escritor  contemporáneo a los nominados anteriormente como Ethan Canin que proponiendo una serie de cuentos (y novelas como “De reyes y planetas”[1]) que radiografiaban fielmente dichas patologías de los suburbios estadounidenses de alguna manera presentaba algún punto de inflexión, una suerte de epifanía que terminaba consolando o planteando tregua entre las personas y sus fantasmas personales, me llamaba positivamente la atención.

El “Emperador del aire” está compuesto por ocho relatos que nos enrostran la épica posmoderna que significa sobrevivir a las particularidades de la convivencia propia de la sociedad gringa, en este caso de un segmento específico ubicado en sectores demarcados de las ciudades estadounidenses y en que el  nombre de la obra que titula el primer cuento, y que se refiere a un añoso árbol,  también denota de alguna manera lo significativo de  la figura del padre en la vida de los protagonistas de los cuentos y la importancia a la que le atribuye Canin.

En el cuento “El emperador del aire” el conflicto del longevo protagonista  con un vecino por la permanencia de un señero olmo permite la introspectiva visita de  la propia vida de un profesor de ciencias. Las estrellas, la altura de un árbol, su vista panorámica y el recuerdo del padre conforman un relato conmovedor sobre la soledad propia de quien ya no ve el mundo como propio, lo que permite el cuestionamiento de la “rutina” propia de la vida de la clase media a pesar de su aparente movilidad. En “El año en que llegamos a conocernos” Canin nos relata la relación distante entre padre e hijo que a través de los intentos de la esposa y madre por acercarlos se descubre una verdad remecedora para el hijo relativa a la vida oculta de su indolente progenitor. Es probable que dicha revelación haya traspasado la insensibilidad que Denny (el hijo) demuestra a su propia esposa, este finalmente recibe la sentencia (¿virtuosa?) de su golfista padre: El conocerse entre ellos no es importante, “el hijo se transformará en su padre”. “Mentiras” corresponde a una historia en que el hijo se rebela y es capaz de quemar puentes. El reconocimiento del amor verdadero a través  de un encuentro juvenil permite dejar atrás familia y trabajo de la manera en que la voluntad propia no hubiese permitido, como para comenzar una “road movie”. “Donde nos encontramos”  nos muestra los sueños truncados por la vida rutinaria y el no cumplimiento de expectativas juveniles que llevan a un profesor a seguir la farsa de buscar un mejor hogar por parte de su esposa. Soñando logra dar sentido a su vida en pareja.  “Somos viajeros nocturnos” El invierno de la vida de un vendedor viajero lo lleva a cuestionarse el amor por su mujer de siempre, la farsa de un enamorado oculto de su esposa trata de inyectar emoción a la comatosa relación en la que se convierten “pequeñas diferencias en martirios y… pasiones en tolerancia”. La lectura de poesía humaniza al protagonista y lo hace tratar de sentirse vivo a pesar de tener a cuestas un cuerpo decadente. El inusual paseo en condiciones climáticas adversas por parte de la pareja produce la epifanía, la pasión añosa, el beso maduro (muy). En “Memoria tonal” la cleptómana madre de una camarera trata de “encausar” a la sazón tradicional a su hija a través de ejemplos de “grandes mujeres” de la historia. Conductas acentuadas por la muerte del padre teñidas por los tonos de las canciones rechazadas por la hija y las de los sonidos cotidianos que si le dan sentido, permiten que finalmente sea la madre la rescatada y los tonos tengan coherencia dentro de su arcano. En “El forzudo de la feria, comprador de diamantes” Myron vive el peso de la vida con su rudo padre quien con su fortaleza de espíritu y física siempre lo apabulló a pesar de querer aleccionarlo. En el encuentro final, cuando Myron decide dejar medicina, los brazos rodeando el cuello del hijo y casi asfixiándolo, dan cuenta del triunfo final del padre. Finalmente debe continuar bajo su sombra, es así definitivamente su vida. “Comestible estrella”  es la historia de   Dade  quien vivencia en forma patente el conflicto que se presenta entre sus padres respecto de su futuro. Una madre soñadora que vela por grandeza ulterior del hijo v/s su padre concreto, que se cimenta en el presente y que ve en Dade el continuador de su legado en el negocio “comestible estrella”. Una enimágtica mujer que de tanto en tanto roba en el local zanja la disputa en conjunto con la observación diaria desde el techo de la tienda siempre en una dirección. Dade evade las dos posturas.

A fin de cuentas historias simples, cruzadas por los conflictos diarios, usuales y traumáticos que son sobrellevados tanto por espíritus frágiles como fuertes, que se apropian de momentos de iluminación que de tanto en tanto pueden pasar frente a nosotros y  nuestro talento debería estar en reconocerlos. Si la literatura es una “segunda realidad” como propone Juan Villoro, me gusta  la idea de que no todo tiene que terminar mal. Canin bellamente nos ilustra aquello.


[1] Ethan Canin: De reyes y planetas. Emecé. 2000. Argentina.

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