BLUE JASMINE (2013)

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Woody Allen tiene una cámara y pluma probada. Nos hace reír, emocionarnos, incomodarnos, avergonzarnos con las aventuras y desventuras de sus personajes (los que muchas veces, psicoanalíticamente hablando, representan sus propias grandezas y bajezas). En ocasiones todo viene en un pack que llamado película pasa a engrosar el magistral derrotero de este creador. “Blue Jasmine” justamente forma parte del panteón de grandes filmes de Allen, especialmente ahora que ha terminado su periplo fílmico europeo para bien o mal. Pero en este comentario parece interesante destacar, desde el punto de vista de la narración, su linealidad y falta de contraste que no quita profundidad ni complejidad a la historia, que representa subcutánea y brutalmente las patologías sicosociales asociadas a nuestra cotidianeidad, a la de la sociedad estadounidense, pero también a la de nosotros que vivimos en la tensión moderna-posmoderna al decir de Marshall Berman.

Jasmine, hija adoptiva, vuelve derrotada por el peso de haber vivido en la opulencia en Manhattan con las fiestas, joyas y lujos que su marido Hal (Alec Baldwin) , especulador inmobiliario, le propinaba a modo de construcción de idilio y que solo la crisis “subprime” pudo derrumbar estrepitosamente obligándola a reencontrarse con su hermana Ginger (Sally Hawkins) también adoptada y a vivir en su departamento. Vida que es de tal diferencia con su contexto previo que pareciera entregarnos un primer contraste. Jasmine vuelve a ser Jasmine-Jeanette (su verdadero nombre, el primero es su elegido, más exótico, funcional, pero no real), con un serio problema de personalidad (acectada por la frustración, rabia e impotencia a la que la ruina la sumerge) cual es hablar sola (o frente a otros a quienes no conoce ni con lo que interactúa, lo que a larga es igual a estar sola), repasando sus recuerdos, discutiendo con sus fantasmas. El soliloquio enfermizo le entrega a Allen la oportunidad para ocupar los flashback con los cuales pretende jugar un contraste que no es tal.

Ginger vive una vida sencilla. Tiene un novio (Chili), bebedor de clase trabajadora y representante ilustre de lo que desprecia Jasmine, ahora devenida en Jasmine-Jeanette. Dos hijos de una ex pareja (Augie) a la que arruinó el mismo Hal. Es en la interacción con su hermana y los ya citados flashback que se va dando a conocer el proceso de ruina de la vida anterior de Jasmine, el suicidio de Hal, la bancarrota, el alejamiento del promisorio hijo del especulador y finalmente la directa participación de Jasmine en el golpe fatal al estilo de vida que la tenía maravillada. Estocada impulsada por la energía propia que los celos extremos pueden impulsar la delación y que carcomieron en segundos a Jasmine. En el intertanto trata de recuperar su vida como Jasmine, pero los fantasmas del pasado liberados en el encuentro con el ex esposo de Ginger vuelven a ubicarla en su rol de Jasmine-Jeanette dejándola, al parecer, sin tener otra oportunidad de levantarse.

En principio, Allen nos presenta una película ácida respecto del snobismo propio de las clases acomodadas de Manhattan, derribando mitos “gringos” como el de la “tierra de las oportunidades” misma que permite levantarse después de la ruina: Hal muere, Jasmine queda mental y emocionalmente imposibilitada de resurgir y el hijo de Hal trata a duras penas de establecer una vida medianamente anónima y tranquila. El ex esposo de Ginger corona esta desmitificación con su inminente exilio para trabajar en las agrestes tierras de Alaska luego de haber rozado la fortuna arrebatada por la dupla Hal-Jasmine.

Pero la ironía de la película y su punto fuerte, es lo que a todas luces en otra obra serían defectos. A la sazón, su linealidad y falta de contrastes. Básicamente lo percibo por ejemplo en la escasa simpatía que imponen sus personajes. Ninguno agrada: Jasmine (arribista, despectiva luego enferma, atormentada e histérica), Hal (snob, mujeriego, cínico), Ginger (de una exasperante simpleza), Chili (timorato) y así todos tienen características que perfectamente nos harían, a lo menos, alejarnos de ellos. No hay matices, no hay héroes, no hay redención, nuestra cotidianeidad es a lo más sobre-llevable.

No hay contrastes. El lujo del departamento de Manhattan es ofensivo y repulsa al igual que el pequeño, ruidoso e incómodo departamento de San Francisco de Ginger. En los dos ambientes tanto Jasmine como Jasmine-Jeanette mira(n) para el lado. Ella se aloja al lado del camino, pero no como expresión de rebeldía, sino como herramienta de evasión (se lo enrostra su mejor amiga en la opulencia y su hermana en la caída). Los engaños se dan en el lujo y en las clases más bajas. Hal no pierde tiempo en tener relaciones extramaritales, Ginger se arriesga una vez y patéticamente vuelve con Chili. En los dos ambientes Jasmine es un personaje de comedia-triste , provoca una sonrisa nerviosa, jamás una carcajada, a lo más nos provoca un rictus, más nos saca de nuestra zona segura. También vivimos nuestra insoportable cotidianeidad.

Finalmente esta “linealidad” argumental la representan magistralmente las actuaciones, destacan las de Baldwin y Hawkins, pero sobresale sin duda Cate Blanchett: Sofisticada, alcohólica, iracunda, alienada, pero siempre al ritmo de un “Blue Moon” triste, melancólico (nada de festivo como el de Nat King Cole) y que nos recuerda, nos enrostra la fatal precariedad y monotonía de nuestra existencia moderna-posmoderna.

 

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